Colaboración: Natalia Jaureguizahar Serra

El Gringo Borda vive en Venado Tuerto, en una tapera que se cae de a poco, como se caen las cosas que nadie apura. No tiene luz. No porque no pueda: porque no quiere. Dice que la claridad lo despierta temprano, que la noche es más fiel cuando no la cortan los focos y que uno se acostumbra a mirar con lo que alcanza.
A veces, cuando el sol baja, se queda en la puerta, el torso al aire, los brazos cruzados como si estuviera abrazando un recuerdo. Se ríe con la cara entera. Una risa de campo: franca, sin vueltas. Tiene el pelo blanco, revuelto por el viento, y en la piel una historia escrita sin tinta: las marcas de la intemperie, del trabajo y de la vida.
Fue jinete de los buenos. De esos que no se agrandan, pero que al caballo lo entienden antes de tocar las riendas. Lo cuentan como si fuera una exageración, pero alcanza con mirarlo un rato para creer. Porque el Gringo no camina: avanza, todavía firme, todavía dueño de su cuerpo. Y cuando alguien le pregunta cómo hace, con ochenta y dos abriles, él se encoge de hombros, como si la fuerza fuera una costumbre más.
En la tapera no hay luz, pero hay algo que alumbra igual: esa manera suya de estar vivo, sin pedir permiso.











