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Feminismo en tiempo real: si acompaño a otras, ¿por qué no puedo salvarme a mi?

Por Natalia Haag

Hay una culpa silenciosa que no siempre se nombra cuando hablamos de empoderamiento feminista. No es la culpa que nos impusieron históricamente por desear, por decidir o por ocupar espacios. Es otra, más incómoda, más íntima: la culpa de saber.

Saber qué es la violencia de género. Saber reconocer las señales. Saber ponerle nombre a lo que pasa. Saber que no es amor, que no es normal, que no es culpa mía. Y aun así, no poder denunciar. No poder irse. No poder romper.

El feminismo me dio palabras. Me dio marco teórico, datos, conceptos, redes, consignas. Me enseñó que lo personal es político, que la violencia no es un hecho aislado sino un sistema. Me mostró que no estoy sola. Y sin embargo, hubo momentos —hay momentos— en los que todo ese conocimiento no alcanza para salir.

Ahí aparece la culpa. Porque si yo sé, ¿por qué sigo acá? Si entiendo, ¿por qué no actúo? Si acompaño a otras, ¿por qué no puedo salvarme a mí?

La culpa se cuela como un susurro perverso que no viene del patriarcado más burdo, sino de una exigencia interna: la de ser la feminista correcta. La que denuncia. La que corta. La que no vuelve. La que puede.

Pero la violencia no se desarma solo con información. No se cae por acumulación de talleres, libros o consignas. La violencia se incrusta en el cuerpo, en el miedo, en la dependencia emocional, económica, simbólica. Se vuelve rutina. Se vuelve supervivencia.

Y eso también lo explica el feminismo, aunque a veces nos cueste aplicarlo a nosotras mismas.

No denunciar no es ignorancia. Muchas veces es terror. Es cálculo. Es cansancio. Es evaluar riesgos reales: perder trabajo, vivienda, estabilidad, salud mental. Es saber que el sistema que debería protegerte no siempre lo hace. Que denunciar no garantiza cuidado. Que a veces expone más.

Sin embargo, cuando sos feminista -o cuando simplemente sabés- aparece la sensación de estar fallando. Como si el empoderamiento tuviera un cronograma, como si conocer implicara automáticamente poder. Pero el poder no es lineal. No es constante. No es igual para todas ni en todos los momentos.

El feminismo no me falló cuando no pude denunciar. Lo que falló fue la idea de que el conocimiento nos vuelve invulnerables. Lo que falla es creer que la conciencia política elimina el miedo. No lo hace. Lo nombra, lo contextualiza, lo acompaña. Pero no lo borra.

Hay una violencia específica en exigirse valentía permanente. En no permitirse el tiempo propio. En mirarse con dureza por no estar a la altura de un ideal. Esa exigencia también es patriarcal, aunque se disfrace de discurso emancipador.

El empoderamiento no siempre se siente como fuerza. A veces se siente como contradicción. Como enojo con una misma. Como vergüenza por no poder hacer lo que sabés que “deberías”. Como duelo por la distancia entre el discurso y la experiencia.

Y aun así, quedarse no invalida lo aprendido. No borra la conciencia. No te convierte en menos feminista. Te convierte en humana, atravesada por relaciones de poder reales, desiguales, complejas.

Denunciar no es el único gesto político posible. Sobrevivir también lo es. Cuidarse como se puede, cuando se puede, es una forma de resistencia. Pedir ayuda en silencio. Esperar el momento. Prepararse. Dudar. Volver atrás. Todo eso también forma parte del proceso.

El feminismo que necesito -el que elijo- no me juzga por no poder. No me señala por no denunciar. No me mide en función de decisiones que solo yo conozco en profundidad. Es un feminismo que entiende que salir de la violencia no es un acto heroico, sino un camino fragmentado, lleno de idas y vueltas.

Tener información y no poder salir no es una contradicción moral. Es una evidencia de lo profunda que es la violencia de género. De lo estructural que es. De lo insuficiente que resulta responsabilizar individualmente a quienes la padecen.

No me culpo por haber sabido y no haber podido. Hoy intento algo más difícil: tenerme compasión. Reconocer que el empoderamiento también duele. Que abrir los ojos no siempre libera de inmediato. A veces, primero, duele ver.

Y aun así, sigo creyendo en el feminismo. Porque si algo me dio, además de palabras, fue esto: la certeza de que no soy débil por no poder salir. La violencia no se elige. La salida tampoco siempre es inmediata. Nombrar esa culpa es parte del camino. Y escribirla, también.

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