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La comparación constante: el impacto de las redes sociales en el malestar emocional

(PR/Laura Miserere) Según un estudio del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, desde el año 2010 se observa un incremento sostenido en el malestar emocional de niños y adolescentes, una tendencia que se agudizó durante 2022 y 2023. Para la psicóloga Paula Casco, este fenómeno no es una coincidencia ni una muestra de «fragilidad individual», sino el síntoma de una transformación en la manera de vivir y construir vínculos.

En el consultorio, la profesional observa a diario señales de alarma, como angustia desbordada, ansiedad y un incremento preocupante en las conductas autolesivas e intentos de suicidio.

Según Casco, para entender por qué los jóvenes sufren, es necesario mirar el contexto: crecen en una cultura de la inmediatez en la que el tiempo de espera y la tolerancia a la frustración son casi inexistentes.

Paula Casco

En una sociedad que exige resultados inmediatos, el espacio para elaborar el dolor se reduce. Cuando el sufrimiento se vuelve confuso y no encuentra palabras, el cuerpo aparece como el único canal de expresión posible. Es aquí donde Casco propone una mirada distinta sobre las autolesiones.

Lejos de ser un simple «llamado de atención», estos actos representan intentos desesperados de tramitar un dolor psíquico que desborda al joven. Para muchos, el corte es una forma de sentir algo concreto y controlable frente a una angustia inabarcable. «No se trata de buscar la muerte», explica la especialista, «sino de intentar aliviar, aunque sea momentáneamente, un malestar que no se puede nombrar».

La trampa de la comparación
Si bien las redes sociales no son la causa única del malestar, actúan como un espejo deformante. La lógica del «like» y la visualización constante liga el valor personal a una validación externa que nunca es suficiente.

La hiperconectividad paradójica de esta época fomenta el individualismo y la comparación constante. Las imágenes de vidas exitosas y cuerpos perfectos crean una brecha con la realidad cotidiana, profundizando sentimientos de vacío y desvalorización. Sin embargo, Casco advierte sobre la importancia de no demonizar a la tecnología: el problema surge cuando el dispositivo reemplaza el vínculo humano y la presencia real del otro.

Responsabilidad colectiva
Ante esta crisis, el rol de los adultos, tanto en la familia como en la escuela, se vuelve determinante. Acompañar, en este caso, no significa controlar o prohibir, sino estar disponibles para una escucha que valide el sentimiento del joven sin minimizarlo. Frases como «en mi época era peor» o «ya se te va a pasar» solo profundizan la soledad de quien sufre.

La escuela, por su parte, se posiciona como un espacio privilegiado para la detección temprana. La promoción de la educación emocional y la construcción de lazos solidarios son hoy tan urgentes como cualquier contenido académico.

Abordar el malestar juvenil no es una tarea de expertos, sino un compromiso social. Recuperar el valor de la palabra y fortalecer los vínculos son los primeros pasos para transformar una realidad que exige redes de cuidado genuinas.

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