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La trágica historia de la familia Baronio

Por siempre. Memoria, verdad y justicia por los desaparecidos.

(Elortondo) “¿Qué hubiéramos sido, si nos hubiesen dejado ser?”, se pregunta Víctor Heredia en uno de los textos de la obra Taky Ongoy, en relación al brutal genocidio cometido por España sobre las poblaciones autóctonas de América.

El mismo interrogante se puede traspolar para la sociedad argentina, luego de los crímenes de lesa humanidad cometidos por la última dictadura militar.

Toda una generación floreciente, con nuevos ideales de igualdad y justicia, fue asesinada y desaparecida entre 1976 y 1983 por las Fuerzas Armadas, en muchos casos con la complicidad de la sociedad civil.

Entre los caídos en esa época atroz, la familia Baronio de Elortondo fue una de las que más sufrió en la región. El 21 de abril de 1977 fue acribillado Carlos Alberto, y el 4 de mayo de ese mismo año fue desaparecida María Rosa. En los dos casos cayeron junto a sus parejas, las dos mujeres estaban embarazadas, aunque nunca más se pudo saber la suerte que corrieron las criaturas en gestación.

Carlos Alberto nació el 2 de julio de 1952, y según la descripción de su hermana Beatriz “era una persona buenísima, pero callada, sumisa”.

María Rosa llegó a este mundo el 26 de julio de 1954, y “tenía una personalidad muy especial, cuando iba al colegio a Chovet, andaba siempre rondando la Iglesia. María Rosa estaba siempre alegre”, recuerda Beatriz.

“María Rosa era más cariñosa y más revoltosa y Alberto más cohibido. Ella si te tenía que putear te puteaba, pero mi hermano no. Él se guardaba todo. Ella siempre decía que era el último orejón del tarro, porque siempre la retaban, o porque mi mamá le pegaba, pero claro, ella era siempre la que hinchaba. A lo mejor veía que mi hermano estaba tranquilo haciendo algo, y ella pasaba y lo pellizcaba o le tiraba los pelos. Por ahí la ponían en penitencia o la retaban y a los dos minutos estaba muerta de risa. En cambio, mi hermano y yo si nos castigaban, capaz que nos duraba dos o tres días la ofensa. María Rosa tenía un carácter realmente especial”, relata la única sobreviviente del núcleo familiar, ya que tras las drásticas muertes de María Rosa y Alberto, los padres de la familia en poco tiempo fallecieron afectados por la depresión.

En la familia el tema político no era el central, aunque por el lado paterno había raíces vinculadas al radicalismo, y del materno más simpatías con el peronismo.

“Mis hermanos recién cuando fueron a estudiar a la Universidad empezaron a decir que eran peronistas. Alberto fue a Santa Fe a estudiar Ingeniería Química y dos años después, mi hermana fue a estudiar Derecho. Como mi hermano estaba en Santa Fe, en lugar de ir a Rosario fue también para allá. Para estar juntos”, reconstruye la historia familiar Beatriz.

En 1977, meses antes de ser víctimas de la represión, Alberto y María Rosa volvieron a la región para acompañar al padre que se recuperaba de una intervención quirúrgica.

“Mi hermano era el que estaba más comprometido, más expuesto, pero igual fue a Venado Tuerto, y no pasó nada. Mi hermana vino acá a Elortondo y lo cuidó. Eso fue en enero y en el mismo año desaparecieron. La muerte de Alberto fue el 21 de abril, al menos nos dieron esa fecha, y María Rosa desapareció el 4 de mayo”, detalló Baronio.

Un dato que marca el nivel de compromiso y la poca conciencia sobre los alcances que tenía la represión militar en esos años, es que cuando asesinan a Alberto, sus padres se encuentran con María Rosa en Buenos Aires y le proponen que deje el país: “Mi hermana les dijo que no se iba a ir porque no había hecho nada. Que sólo había repartido panfletos y divulgado ideas políticas, pero que ella no había matado a nadie. A los quince días desapareció. Yo tenía 15 años cuando murieron ellos”.

 Muerte y desaparición

“Anoche escuché varias explosiones, tiros de escopeta y de revólver, autos acelerados, frenos, gritos, ecos de botas en las calles, toques de puertas, quejas por dioses, platos rotos, estaban dando la telenovela, por eso nadie miró pa’ afuera”, cantan los Fabulosos Cadillacs la letra de Rubén Blades, una exacta síntesis de lo que se vivía por esos días.

Carlos Alberto y su pareja, Mónica Teresa Somasco, fueron acribillados en su vivienda en Zárate el 21 de abril de 1977. Según relató Beatriz a través de un llamado telefónico de los padres de Mónica, que habían sido contactados por el Ejército, la familia Baronio se enteró de las ejecuciones. “Viajaron a Buenos Aires y se encontraron con mi hermana. Ella les dio la dirección de mi hermano en Zárate, que la tenía escrita en el interior de una cajita de fósforos sellada. Recién ahí viajaron para Zárate. Cuando llegaron, fueron a la casa y encontraron todo destruido. Se enteraron a través de los vecinos que mi hermano había muerto. ‘A esta parejita la acribillaron’ les dijeron. Habían escuchado los disparos y habían visto cuando los sacaban en camilla”.

La versión de los militares fue que “los dos habían tomado pastillas de cianuro. Les dijeron que armas no habían encontrado, que ellos habían disparado pero que no los habían matado, que se habían suicidado”.

Los cuerpos habían sido enterrados en una fosa común en Zárate, les habían tirado ácido en los rostros para que no pudieran ser reconocidos. Los restos de Alberto fueron entregados a la familia el 23 de mayo. Mientras el cortejo fúnebre recorría las calles de Elortondo, en otro sector del pueblo, una multitud festejaba el regreso con gloria del campeón mundial de boxeo Miguel Angel Cuello.

Con todo el duelo encima por la muerte del primogénito, la familia Baronio se enteró de la desaparición de María Rosa ocurrida el 4 de mayo de 1977, según la versión oficial.

“Yo hablé por teléfono con María Rosa el 4 de mayo, y después no tuvimos más noticias. Ese día que habló conmigo después la agarraron a ella. Cuando fue lo de mi hermano, el 27 de abril llegó un sobre en el buzón de mi casa. Yo fui a agarrarlo pensando que era el certificado de defunción de mi hermano, porque habían quedado que nos iban a mandar los papeles. Pero cuando lo abrí me puse blanca. Era una carta escrita a propósito con horrores de ortografía, a máquina, donde decía: Su hija y su yerno desaparecieron. Vengan pronto a buscarlos, les avisa una persona amiga”, narra Beatriz el nuevo mazazo para la familia Baronio.

El efecto de este anuncio hizo estragos en la madre, “tuve que llamar a los vecinos porque creí que se mataba. Se empezó a tirar al suelo, a darse la cabeza contra la pared”.

El padre de familia también sufrió a su modo la desaparición de su hija: “Mi papá nunca más fue al club, y eso que el amaba a Atlético, al truco, a las bochas. Pero no fue más. Nunca lo vimos llorar por sus hijos. Era una persona que no podía llorar, pero se enterró en vida y se enfermó”.

Por último, para cerrar esta trágica historia, falta conocer el pensamiento de la única sobreviviente de tanta perversidad: “A veces siento una fuerte rebeldía. No con ellos, sino con la vida, con lo que me tocó pasar. Cuando llegan las fiestas y no los tengo a ellos. A veces veo a todos reunidos y pienso: qué lástima, que distinto sería todo, podría tener sobrinos, hermana, hermano”…y las lágrimas comienzan a rodar como toda la sangre derramada durante los años infames de la dictadura.

Pablo Salinas (Esta nota forma parte del trabajo periodístico publicado en la última edición de PUEBLO Regional que por estos días se está distribuyendo en la ciudad y zona).

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