(Clarín/JorgeSola)
El proyecto de Reforma Laboral impulsado por el Gobierno nacional, así como está planteado, no resuelve los problemas del trabajo en Argentina, ni de hoy ni del futuro, los agrava. Pretende profundizar la precariedad laboral y eliminar derechos individuales y colectivos consagrados por la Constitución Nacional. Solo es funcional a los grandes grupos económicos (quienes la diseñaron y la promueven) dejando de lado los intereses y necesidades de los otros actores empresariales y, sobre todo, el fundamental: de las y los trabajadores.

No soluciona problemas de los que hoy no tienen trabajo o lo tienen de manera informal. Y sí, va a degradar el trabajo formal de los que lo tienen. No promueve una mejor forma de contratar sino una “mejor” forma de despedir.

Simplificando mucho, en esencia, persigue dos objetivos fundamentales: quitar derechos para reducir los costos laborales que deben aportar y respetar los empresarios, y desarticular el poder de las organizaciones sindicales, como paso ineludible para el debilitamiento de la defensa de esos derechos.
El mundo del trabajo ha venido transformándose y lo sigue haciendo, al compás de los cambios políticos, sociales, tecnológicos. En nuestro país, de 22 millones de personas económicamente activas, 9 millones son formales. Casi 13 millones informales, monotributistas y desempleados. Y muchos ni quieren ni les interesa ser formales. Mientras el empleo privado está estancado en alrededor de 6 millones desde hace 15 años.

Pero esto no es una consecuencia de las leyes que rigen el universo laboral, sino que es una consecuencia de la falta de crecimiento y de inversión productiva en las políticas económicas nacionales.
En los dos años que lleva este gobierno (2024-26), se perdieron unos 120.000 puestos privados, unos 80.000 públicos y bajaron 25.000 los empleados en casas. Idilio financiero e infierno productivo que está agravando la crisis, especialmente en las PyMes, destruyendo el tejido industrial, con caída del consumo y aumento de la desocupación.
Un déficit de productividad que Argentina arrastra desde hace décadas, y que la ha llevado a una falta de competitividad aguda. De ahí que resulte indispensable preguntarnos: ¿En qué proyecto de país, de sociedad, de persona humana se inscriben este tipo de propuestas? ¿De qué formas de vida estamos hablando hacia adelante?
El mercado laboral, después de la pandemia
Por un lado, la informalidad, el cuentapropismo, una tendencia de época -sobre todo después de la pandemia- que, en la falta de oportunidades, expresa una inclinación hacia el trabajo independiente, el aprovechamiento tecnológico y la posibilidad de administrar sus tiempos.
Pero el precarizado no controla su tiempo, ni el valor de su trabajo, ni las condiciones de reproducción de su vida. No se exige porque “elige rendir”, sino porque no tiene alternativas materiales para sobrevivir. Llamar a eso “autoexplotación” es confundir coacción estructural con una decisión individual. Nos quieren convencer que trabajar diez o doce horas por día, vivir endeudados y desprotegidos, y aceptar la precariedad aparezca como “la realidad” y no como un problema político.
Nos olvidamos que las formas de vida también van generando formas de pensamiento. Quienes se autogestionan cada día su propia sobrevivencia, autogestionaron también su propio sistema de valores y de mitos. De odios y de amores. Y lo que encontramos con frecuencia ahí es una manera desencantada de ver el mundo. Que no sueña futuro, pero odia intensamente el presente y eso le otorga una enorme fuerza de destrucción. No se define por lo que propone, sino por lo que condena.
No hay libertad sin justicia social
En estos desafíos nos encontramos. Argentina, sin embargo, mantiene aún mucha capacidad creativa. De gente que produce a pesar de un sistema que la complica. El Estado, las y los dirigentes en sus diversas actividades, debieran tender a integrar esa riqueza de capital humano. Y vincularla virtuosamente con los recursos naturales, con la indispensable adaptación tecnológica y educativa, con la escala de innovaciones que abre la Inteligencia Artificial, hacia un mejor horizonte de desarrollo personal, familiar y comunitario.
Como bien nos señalaba el Papa Francisco, no hay libertad sin justicia social. Y no es un simple juego de palabras, el dilema es: un ser humano al servicio de la economía (de los grandes capitales), o una economía al servicio de los seres humanos.









