La selección no jugó bien, por momentos fue superada futbolísticamente, lo iba ganando de arranque con un cabezazo de MacAllister y parecía que se iba a vivir un partido más relajado. Todo lo contrario. Tuvo la fortuna que, en el peor momento, el rival se quedó con uno menos. Y aparecieron los dos “9” para ganarlo. En semi, el miércoles, un “clásico” ante Inglaterra en Atlanta.
Tenía que ser así. Con angustia, con incertidumbre, sin jugar bien, a lo argentino. No podía ser de otra forma. Si cuesta, vale más, se goza más, se disfruta más. Parece que este equipo tiene bien incorporado ese concepto. Pero eso lo fortalece, lo torna duro y peligroso. Se encontró con una circunstancia favorable en el peor momento: contar con un jugador más. El partido se le había puesto difícil, no tenía la pelota y Suiza se lo había empatado con justicia. Fue ahí que el partido cambió de dueño. Y en el segundo tiempo del suplementario, ante una Suiza que daba la impresión de solamente pretender ir a los penales, aparecieron los reclamados goles de los delanteros. Julián y Lautaro tuvieron esa precisión suiza para llevar al equipo a semifinales. Nada menos que ante Inglaterra. Todo dicho.

Hubo algo que fue extraño e inesperado: el dominio de la pelota. Se gastaba a cuenta que iba a ser de Argentina. Pero no fue así. En el primer tiempo, el manejo lo tuvo más Suiza. Algo que se notó desde el arranque y que Argentina intentó discutir en algunos pasajes de esa parte inicial. Lo logró a partir de un adelantamiento de la defensa, casi hasta muy cerquita de la raya de la mitad de cancha. Por eso, Argentina intentó varias veces el pelotazo largo para que Julián Álvarez pelee la pelota en el mano a mano con los defensores suizos, sobre todo por el lado de Elvedi y Akanji, los dos centrales. No se pudo capitalizar esta estrategia. Ni siquiera con los pelotazos largos del Dibu. Era cuestión de que sea bien profundo para que la pelota supere la línea de esa defensa adelantada que proponía Suiza. Y que Julián Álvarez se encargue de prevalecer con su velocidad.

El gol de MacAllister de cabeza con otra asistencia de Messi (córner perfectamente ejecutado al primer palo), no solo le dio tranquilidad a la selección cuando recién se jugaban los primeros 10 minutos, sino que convirtió a Messi en el máximo asistidor de la historia de los mundiales. Y se notó que la jugada fue ensayada y provocada a propósito, como los largos pelotazos para Julián Álvarez, porque el destinatario de los abrazos en el banco fue Walter Samuel, responsable del entrenamiento de jugadas de pelota quieta, tanto defensivas como ofensivas.
La más clara de Suiza llegó como consecuencia de uno de los pocos errores de la zaga central de Argentina. Quedó solo Embolo ante la oportuna salida del Dibu, que se jugó con todo a los pies del rival para quitarle la pelota como si fuese un defensor más que un arquero. Fue en el momento en que Argentina jugaba el partido con autoridad, con un Molina mejorado, el Cuti Romero jugando con solvencia y seguridad (al igual que Lisandro Martínez) y Paredes dando una mano para marcar y siendo una salida precisa desde el mediocampo.

Argentina buscó acelerar en los últimos metros. Pero no generó situaciones. La practicidad y la contundencia fue el arma que le permitió irse en ganancia al vestuario, algo que le había costado mucho en los otros partidos, sobre todo el de Egipto, cuando se creó mucho y no se concretó nada, haciendo figura al arquero rival. Pero el problema era el escaso protagonismo y compromiso con el juego. Señal de alerta para el segundo tiempo.
Se hacía imprescindible manejar un poco más la pelota. Se notaba que el equipo crecía en solidez defensiva (buen partido de los dos centrales), pero faltaba un poco más de presencia y gravitación de los volantes. Poco de De Paul otra vez, perdiendo algunas pelotas por lentitud, en tanto que Mac Allister y Enzo Fernández no terminaban de meterse en el partido. El único era Paredes, siempre bien parado y convertido en el eje y en la descarga permanente del resto.

En el peor momento del equipo, apareció la figura del Dibu Martínez, dispuesto a no pasar desapercibido en el partido. Y además, levantando a la gente cada vez que cerraba su arco con algunas atajadas. Que no fueron complicadas, pero que lo obligaron a una atención constante. Hasta que por el costado de De Paul y Molina llegó una pared que terminó con el remate cruzado de Ndoye, que se había volcado por izquierda durante todo el partido y tuvo su premio colocando la pelota por debajo de la pierna del Dibu. Ese gol suizo llegó en el momento de mayor permisividad de la selección, cuando se hacía imprescindible algún cambio desde el banco que no llegó a tiempo.
Pero el VAR le dio un guiño a Argentina. Embolo, estando amonestado, simuló una infracción y el árbitro recurrió a la tecnología para amonestarlo nuevamente. Suiza se quedó con 10 en su mejor momento. La cuestión era tratar de aprovechar esta circunstancia para modificar el trámite del partido, que al margen de no ser fácil, alejaba a la selección de su “estado de confort”, sin control del juego ni dominio territorial, que eran propiedad de Suiza desde el mismo comienzo del segundo tiempo.

Era momento de cambiar y por eso Scaloni mandó a la cancha a Montiel por Molina y a Lautaro Martínez por De Paul, para volver a intentar con el doble 9, tratando de plantear decididamente el partido en el campo adversario y capitalizar ese hombre de más que costaba que se notara. Un poco por el orden de los suizos y su confianza para jugarle de igual a igual a Argentina; y otro poco, por la poca precisión y consistencia que tenía la selección en su juego.
El final fue el previsible. Suiza armó línea de cinco y retrocedió. Le dio la iniciativa a Argentina y también la pelota. Priorizó la marca. Y Argentina trató de empujarlo sobre el arco de Kobel, pero con poca claridad. Apenas un remate de derecha de Messi que se fue ancha aunque cerca del palo izquierdo y una “tijera” de Lisandro Martínez que no pudo ser empujada al fondo del arco. Empate en los 90. Por lo bueno que hizo Suiza y por lo que lo dejó hacer Argentina, sobre todo en esos primeros 20 minutos del segundo tiempo en los que permitió que el rival tuviera la pelota y llegara al justo empate.
Alargue y otro cambio: Thiago Almada por Enzo Fernández. La idea era juntarlo con Nicolás González para armar una sociedad que trate de quebrar a una defensa concurrida y segura de los suizos para fabricar algún espacio propicio para el desequilibrio. Suiza daba la impresión de no querer saber nada con aquello que lo distinguió durante buena parte del partido hasta la expulsión de Embolo.
Con Otamendi y el Flaco López por el Cuti Romero (buen partido pero se quedó sin piernas) y Paredes (también “fusilado”), Scaloni agotó los cambios y tiró toda la carne en el asador. Tres “9” para buscar la victoria y no llegar a los penales, sabiendo que la pelota y el terreno ahora pertenecían a Argentina y que Suiza, a lo sumo, podía ensayar algún contragolpe en inferioridad numérica evidente.

Y se animó Julián Álvarez, nomás. Había intentado Messi en la misma jugada y se la tapó el buen arquero suizo, hasta que volvió al gol el “9”, encaró de izquierda hacia el medio y metió un remate espectacular que se clavó en el ángulo superior izquierdo. Golazo. Y a respirar profundo hasta la última jugada del partido, contragolpe letal en una pelota que robó Julián Álvarez otra vez, corrida de Thiago Almada, tapada del arquero y definición de Lautaro Martínez. Aparecieron los dos “9” y a facturar. Con sufrimiento. Con angustia. Caminando al borde de la cornisa, como siempre, pero sin caerse. Y ahí estamos. En semifinales y frente a Inglaterra. Atlanta nos espera otra vez. La gloria también.
Enrique Cruz. El Litoral
Fotos; Fernando Nicola. Galería BICA

















