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Diego Almirón cuenta su historia con el temporal

(Nota publicada en la edición papel de PUEBLO Regional-segunda quincena de diciembre) El 2 de diciembre de 2014 quedará en la memoria de muchos venadenses como el día en que la solidaridad dejó de ser una palabra muy bien vista, para convertirse en una realidad palpable. En este caso no se trata de instituciones que hacen beneficencia organizada, sino de ayuda surgida de la anarquía que provoca la desesperación.
El temporal de viento y lluvia generó destrozos de magnitud en distintos puntos de la ciudad, y como siempre, los más perjudicados fueron los que menos tienen.
“Cuando llegué a mi casa había más de 80 personas”, cuenta Diego Almirón, que cuando llegó el vendaval estaba saliendo de su lugar de trabajo, la planta de Nidera Semillas en la ruta 8.
Por teléfono le habían contado algo de lo sucedido en la ciudad, porque “por allá pasó una tormenta normal”, cuenta Diego.
La realidad en su hogar en el barrio Ciudad Nueva, más precisamente en Lola Mora (ex calle 28) y Strenitz, era mucho más preocupante. El viento había arrancado el techo de chapas y uno de sus hijos había sufrido una herida cortante en la cabeza, que le valieron seis puntos de sutura.
“Cuando llegué y miré no tenía nada”, relata Diego y apunta que en la casa estaban su esposa Cecilia con dos de sus cuatro hijos en el momento del temporal.
Como muestra de la potencia del viento, las chapas del techo volaron más de 30 metros, y quedaron amontonadas contra un tinglado de un vecino. En tanto que un par de tirantes atravesaron las paredes de una casa vecina y llegaron a golpear a uno de sus ocupantes, aunque sin provocarle lesiones.
La primera noticia que recibió Almirón al llegar a su casa fue la herida que había sufrido su hijo, por lo cual sólo estuvo cinco minutos y se fue al Hospital “Dr. Alejandro Gutiérrez”.
“En la casa había más de 80 personas entre amigos, vecinos, parientes. No me va a alcanzar la vida para agradecerle a todos”, narra con los ojos iluminados por la emoción.
Entre la ayuda recibida en la emergencia están el préstamo de una casa para trasladar las cosas que pudieron salvar de la tormenta y para vivir mientras reconstruía su hogar. La mención del lugar de trabajo de Diego no tiene un fin publicitario, sino que es un mero acto de justicia: “Lo que hizo la gente de Nidera no tiene precio. La empresa me dio el techo completo, ladrillos, materiales. Me hicieron terminar una pieza que tenía por la mitad. Pusieron gente del semillero a trabajar en la casa. Me mandaban la comida para la gente y para mis hijos a la noche. Por eso estoy muy agradecido con todos”, remarca.
Cecilia vivió la desesperación de la voladura del techo mientras estaba dentro de la casa. “Veía como se iban levantando los clavos hasta que embolsó todo el techo y se lo llevó. Yo sólo atiné a agarrar a los chicos, y ahí me di cuenta que el nene tenía la cabeza ensangrentada. Nos metimos en el baño que fue la única parte donde quedó el techito. Nos abrazamos y lloramos hasta que pasó todo”, cuenta, y las lágrimas vuelven a brotar.
Entonces vuelven los agradecimientos, esta vez para Roxana, la vecina que con su esposo los contuvo y luego trasladaron al niño al Hospital, con la colaboración de los Bomberos.
La historia tuvo un final feliz. Llegan las fiestas y, seguramente para Cecilia, Diego y sus cuatro hijos será muy diferente. Esta vez, más que nunca, tienen mucho que agradecer.

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