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Que en paz descanse Padre Ruiz, una vida de entrega y sencillez

(PR/Andrea acedo) Ayer falleció el Padre Ruiz. Luis Santiago Ruiz tenía 96 años. Desde hace muchos años se encontraba como sacerdote colaborador en la Iglesia Catedral. El Padre Santiago durante sus 72 años de vida ministerial fue párroco en diferentes comunidades entre ellas San Eduardo, Amenábar y Lazzarino. Muchos de los fieles de estas congregaciones oran hoy por su eterno descanso y agradecen a Dios su larga vida. Juan Carlos Bertram y su hijo Federico, venadenses, lo recuerda especialmente ya que el padre casó a Juan Carlos hace 50 años y siempre estuvieron en contacto a través de estos años.

 

El Padre Ruiz casando a Juan Carlos Bertram

 

Juan Carlos cumplió 45 años de matrimonio el 26 de diciembre de 2017 y en esa oportunidad se reunieron con el Padre Ruiz para recordar tan emotivo momento ya que el fue quien los casó hace 50 años en San Eduardo. Federico, su hijo mayor tuvo un contacto más habitual que Juan Carlos y su esposa.

 

Federico tras enterarse del fallecimiento del Padre decidió hacer un emotivo repaso de la vida compartida con párroco y su familia, para él un muy lindo recuerdo ya que lo considera un cura sencillo y humilde.

El Padre Ruiz junto a la familia Bertram en un momento más actual

 

Estas son las sentidas palabras que surgen del corazón de Federico Bertram: «Ayer a la tarde tuve la noticia del fallecimiento del Padre Luis Santiago Ruiz. El padre Ruiz. Rápidamente, innumerable cantidad de imágenes han pasado frente a mí de nuevo. Imágenes y sonidos. Imágenes y música. El Padre Ruiz fue alguien que siempre estuvo presente en la vida de mi familia. En aquellos años primeros en San Eduardo, era el párroco. Era el “cura” que había casado a mis viejos, y que le había preguntado a mi papá “¿si creía en Dios?; y que obtuvo una respuesta que fue por la negativa, pero no se inmutó. Era el cura que visitaba a mi abuelo el Dr. Batista. Era quien muchas veces pasaba por casa, y se quedaba a almorzar… y le pedía a mi papá un “Parisienne” para darle unas pitadas. Era el cura del pueblo, el que convocaba a los pibes en el catecismo los sábados a la tarde, y se sentaba en el armonio a tocar y enseñarnos a cantar. Era el que entonaba bien, que modulaba mejor, que impostaba la voz, y que en última instancia te transmitía toda esa mística que tenían cantos como “Pescador de hombres” o quizás “Soy Peregrino”. Y los domingos en misa, decía la misa con muchas partes cantadas. Todavía conservo el librito de cantos.  Era un tipo amable, correcto, y que mi abuelo contaba que alguna vez lo había visto con un lindo abrigo, esos sobretodos que antes se usaban… y que después de un tiempo una persona humilde del pueblo que vivía “atrás de la vía” lo lucía cómodo en un crudo invierno. Fue el cura que bautizó a mis hermanos Nico y Juan Pablo. Fue el cura que daba misa en la capillita.  Y la música, siempre la música estaba presente. Y qué música… cómo decía, pese a esa humildad que irradiaba. Evidentemente -y con el tiempo me he dado cuenta- era un tipo “leído” en las artes musicales. Nunca olvidaré que propalaba con algún equipo de aquellos años -quizás a válvulas y con los típicos ruiditos de las púas sobre los vinilos gastados- los domingos a la mañana. Propalaba con un altoparlante que estaba en la esquina de la casa parroquial. Y qué música… siempre sonaba la Misa Correntina de Edgar Romero Maciel, cantada por Ramona Galarza, y dirigía la orquesta el maestro Carlos García. Que significativo, la calidad de la música que pasaba, para que todos escucháramos. Con los años, he cantado con muchos amigos una y otra vez esas piezas, y hasta -bondades de la búsqueda en la nube- he podido hacerme del disco de pasta. Y los años fueron pasando, y el padre se fue de San Eduardo. Vaya uno a saber “m´hijo” como decía mi abuela, qué vientos surcaron esos destinos que a veces se determinan sin tener en cuenta las propias voluntades de los interesados. Pero, el padre Ruiz siguió su camino. Ya por esos años, en Lazzarino. Y no tenía más su Citroën Dyane 6 que era importado y calculo se lo habrían mandado los alemanes de Adveniat con quienes tenía buena relación y consiguió los fondos para el salón parroquial y algunas cosas más en la parroquia, aunque el campanario no lo pudo terminar como quería. Muchos dolores de cabeza con ese Citroën “importado”. Pero ahora se lo veía en un Fiat Brío –pequeño vehículo popular de fines de los 80-, y seguía pasando por nuestra casa. Venía de paso, desde Venado y seguía por tierra -recordar que eran todos caminos de tierra-, a Sancti Spiritu (donde seguro lo visitaba al Padre Tudor) y seguía a Lazzarino. Pasaba y lo saludaba a mi abuelo ¿Cómo anda Doctor?. y la risa era mutua con una respuesta rápida de ambos “…acá andamos, contando ya tiempo de yapa…”. Y vaya que, si el padre tuvo yapa, y la suerte de quiénes pudieron compartir toda esta “yapa” de tiempo caminando por estos lares, observándolo en su bonhomía y sabiduría. Y siempre que volvía, se iba con algo, “…lleve para el camino…” le decía mi abuela, con alguna cosita que siempre había preparada en las casas para esa visita quizás no esperada, pero siempre bienvenida. El inmisericorde paso del tiempo, es paradójico, porque nos pone frente a todo ese cúmulo de experiencias que se acumulan y que cuando afloran en la rememoración, aparecen sonrisas y satisfacciones. Así, cuándo ya estaba en Lazzarino, fuimos con toda la gente del Coro de la Parroquia de San Eduardo a cantar esa Misa Correntina, y parte de la Misa Criolla. Creo que fue cerca de fin de año, con todas las chicas que cantábamos. Y había que ir hasta Lazzarino, un grupo de 10 o 12 personas. Pero nos hicieron el aguante, el Chevrolet de Roberto Quinto, una furgoneta Citroën, y alguno más. Y cantamos. Y qué lindo salió y cuán contento estaba el padre Ruiz, que lo habíamos ido a ver. Me río cuándo recuerdo las peripecias de aquellos viajes, y me río también de que dijo que “para la próxima comíamos un cordero”  El cordero quedó por allá, pero el recuerdo aún hoy nos lleva a esa experiencia, cantando en el coro de la parroquia de Lazzarino una noche. Hubo momentos más tristes, dónde el padre Ruiz estuvo también. Mi abuelo se fue el 6 de mayo de 1991. La casa fue una romería, la gente desfilaba entrando y saliendo, y entre todos llevaron el féretro a la Iglesia. Para sorpresa, que evidentemente no debía serlo, estaba allí el Padre Ruiz, compartiendo el responso con el Padre Tudor y el padre Picciuolo que a la sazón era el párroco en San Eduardo. Quizás en los últimos años los encuentros se hayan espaciado, y fueron más esporádicos, pero no exentos del cariño y aprecio mutuo que toda la familia tuvo para con él. Volvió a almorzar con mis viejos, ya en la casa de Venado, contento, con buen apetito, con la cordialidad de siempre, aunque ya no con el cigarrito final. Tuvimos la suerte este año de poder ir a la beatificación de Juan Pablo I, Albino Luciani, un papa que finalmente es reconocido en toda su inmensa dimensión. Y le trajimos al padre Ruiz algunos recuerdos de la misa. No pude verlo, justo ese día me avisaron que se levantaría más tarde, así que hice una nota, explicándole. Después me comentó el padre Cavanagh que lo había visto todo muy contento. Que más agregar a estas confusas y dispersas rememoraciones de alguien que ha estado así, presente desde una cercanía lejana -pese a la contradicción lógica que propone el término-; que más agregar, que se fue un cura bueno, un cura de esos que hoy los llamarían “con olor a oveja”, comprometido y que le gustaba mucho la música. Por eso, volver sobre la música, esa música que seguro lo acompañará allá donde vaya, que probablemente sea un lugar mejor. Recordarlo con música, y agregar las palabras del poeta “…música que llevas en tu cuerpo todas las pasiones, que contienes en el lago de tus ojos el color de los juntos, el color del agua verde pálido que brota de los glaciares, todo el bien, todo el mal, estás más allá del bien; el que con vos hace su nido, vive fuera de los siglos, el resto de sus días será un solo día; y la muerte que todo lo muerde, romperá allí sus dientes…”. ¡Hasta que volvamos a encontrarnos Padre Ruiz!»

 

El padre Ruiz nació el 21 de junio de 1926. Hijo del español Valentín Ruiz Ochagavía, a quien recuerda como muy trabajador y de Rita Quiroga, cordobesa «de las sierras». Sus padres se conocieron en la parroquia San Antonio de Rosario, donde su progenitor era monaguillo. Juntos formaron una familia católica y con quince hijos, una de ellas también religiosa.

 

El sacerdote se formó en el Seminario San Carlos Borromeo, de la arquidiócesis de Rosario, al que ingresó en 1939, año de su fundación, y formó parte de la primera promoción de egresados en esa institución.

 

Desde hace muchos años era sacerdote colaborador en la catedral Inmaculada Concepción.

 

Si el Padre Ruiz despertó tanto cariño y admiración, seguro se encontrará las mismas remembranzas en cada uno de los fieles que tuvieron contacto con él. Por más hombres así.

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