(PR/Giuliana Ghignone) Gabriel tiene 42 años y una historia que deja de manifiesto cuestiones que, aunque muchas veces parece que estamos acostumbrados, aún siguen siendo tabú. Verdades a medias. Un gran negocio. Testigos silenciosos y, como consecuencia, muchas personas caen en la trampa sin saber cómo salir. El caso de este venadense fue diferente. Hoy puede contar sus logros, gracias a su esfuerzo y el acompañamiento de los suyos.
En 2017 comenzó su primer tratamiento de rehabilitación y logró “estar limpio”, como se dice en la jerga, por dos años. Luego, la muerte de su papá fue un cimbronazo y esta mala compañera volvió. Esta vez, consciente de su enfermedad, lamentando el tiempo perdido con sus hijas, que hoy tienen 8 y 12 años, ingresó a la ONG Podemos, en busca de ayuda con el apoyo de su mujer.
“La última vez que compré droga le dije a quién me la vendía que no lo iba a hacer más y que por favor, si yo lo llamaba o le escribía no me vendiera. Su respuesta fue “te felicito”. Me dijo que este era su trabajo, que necesitaba la plata pero que él no consumía y que me quedara tranquilo que si yo le escribía no me iba a vender”, describe.
Hoy, Gabriel lleva ocho meses sin recaer, con perseverancia y mucha voluntad organiza su día entre su actividad como viajante y la familia, porque considera que la clave es tener la cabeza ocupada. Además, junto a un psicólogo y a un acompañante terapéutico que la ONG le puso a disposición, lleva adelante el tratamiento junto a muchos otros adultos que han decidido cambiar sus vidas.
“Lo importante es que la gente sepa que hoy en Venado puede contar con la ayuda necesaria para salir adelante. Es un espacio gratuito abierto para todo el que lo necesite. En mi caso mi consumo era poco, pero hay historias realmente muy duras”, resalta Gabriel.
A los 17 años probó por primera vez marihuana con su grupo de amigos “jodiendo”, sin darle demasiada importancia y tiempo después llegaría la cocaína a su vida “era algo de los fines de semana, cuando tenía plata”, cuenta Gabriel.
Comenzó a trabajar y desde entonces ya contaba con más recursos para poder comprar más seguido aquello que lo hacía estar “como en una nube. Todos me hablaban pero yo por más que asintiera no estaba atento a nada”, reconoce.
En su caso el camino fue solitario, eligió siempre mantener oculta su adicción, nadie lo sabía, su familia lo llegó a sospechar pero no fue hasta hace unos meses que lo supo con certeza por boca del mismo protagonista. “Incluso, en la esquina de mi casa podía conseguirla, pero elegía comprar en otro lugar, alejado de mi entorno. Todos saben dónde se vende y es muy fácil conseguirla”.

















